“¿Para que salvar algo que se empeña en autodestruirse?”. El otro día, viendo “El Quinto Elemento”, me llamó la atención esta frase, le di vueltas durante un rato pero luego se quedó perdida en algún rincón de mi cabeza. No se como ni porqué, ha vuelto y dándole vueltas y vueltas me han surgido varias preguntas. ¿Qué somos?¿Que hacemos aquí?¿Somos solo un conjunto de reacciones químicas que ocurrieron por casualidad o hay algo más?¿Por qué nos empeñamos en autodestruirnos?
Uno de los eternos debates de mi vida es sobre la existencia del destino. Algo que nos impulsa a hacer determinadas cosas porque sigue el orden natural que nos sirve de guía, pero la razón me impide creer en ello. No existe nada que te obligue a hacer las cosas que haces. Todo lo decides por ti mismo. Tu eres el iluso que sueña con un futuro perfecto, el cobarde que no se atreve a pedirle salir a la chica que le gusta por miedo a que lo rechace, aquel vago que deja todas las cosas para mañana o ese pobre marginado que no encuentra su sitio en este mundo. Eres tu, no un titiritero que mueve los hilos sin dar la cara. De esto llegamos a la primera respuesta: El destino no existe, son los padres.
La vida da muchas vueltas, pero no se puede definir un sentido que nos valga a todos por igual.
Unos piensan que solo con nacer estamos condenados a morir y viven amargados toda su vida. Otros, por el contrario, saben que disponen de un tiempo limitado y que son ellos los que tienen que decidir lo que hacer con él.
No existe un sentido de la vida general, sino que cada uno tiene que decidir hacia que rumbo dirigir su barco, un barco que navega a la deriva en un mar de oportunidades que solo uno puede escoger. Eso si, todos buscamos una cosa, llegar a aquel lugar donde nuestro nombre permanecerá grabado en la memoria de los tiempos.
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