Del trovar y de los
afectos
No
recuerdo exactamente cuando empezó mi pasión por la música, pero sí que
recuerdo con claridad la sensación que tuve la primera vez que canté a dos
voces. Yo rondaría los 14 años y en aquella época solía cantar con mi hermana
un poco mayor que yo, mientras me acompañaba con unos torpes primeros acordes
en la guitarra. Fue como descubrir un mundo nuevo, sentir como algo en tu
interior se sincronizaba a la perfección con otro ser humano para producir
música. Años después me enteré de que eso se llamaba polifonía y tardaría aún
más en descubrir lo que suponía cantar a tres voces, luego a cuatro, con
acompañamiento de piano y finalmente de orquesta. En todo ese proceso, lo que
más me ha impresionado siempre es la capacidad del ser humano para crear música
sublime con la sola ayuda de sus cuerdas vocales en armonía común y, claro
está, de la inspiración de los compositores. No es que desprecie a los
instrumentistas, al contrario, mi admiración por ellos es inmensa, no sólo por
el esfuerzo y los años de trabajo que suponen el dominio de cualquier
instrumento, sino por su capacidad de desnudar su alma a través de ese arco,
esa boquilla o esos dedos que dan vida a una serie de garabatos ordenados en un
papel y traducen de nuevo en música los sentimientos que antaño inspiraron al
trovador que la compuso. También de mi corta etapa como instrumentista recuerdo
especialmente la participación en conjuntos orquestales o de cámara como los
momentos de mayor disfrute, muy por encima de lo que representaba la
interpretación individual. Pero ese tren pasó de largo para mí hace tiempo y es
mejor centrarte en lo que tienes y no lamentarte por las oportunidades
perdidas. Mi único instrumento musical es mi voz.
Más
de 20 años de canto coral, siempre en el campo amateur, han mantenido muy viva
la llama y más o menos en forma mis músculos vocales, aunque el tiempo va
pasando factura y las tesituras antes cómodas empiezan a resultar más incómodas,
seguramente por falta de una formación técnica adecuada. Lo que nunca he
perdido es la afición y el gusto por cantar, a pesar de que los proyectos musicales
ilusionantes no abundan y se combinan con actividades más rutinarias. Entonces
llegó ella, La Profetisa, e
inesperadamente se iba a convertir en la experiencia más mágica de mi vida como
cantante. A los Trovadores que
pensaron en mi para unirme a su proyecto, les deberé agradecimiento eterno,
serán por siempre objeto de mis Afectos.
Al principio no entendí por qué un grupo de músicos profesionales
extraordinarios ponían su confianza en un mero aficionado como yo, ni sabía qué
podía aportar a un conjunto de talentos como ese. Con el tiempo, además de
disfrutar al máximo la experiencia, creo haber entendido la ecuación. Lo que
seguramente vieron en mí fue la pasión, la capacidad de mimetizar mi voz con la
de los demás para conformar una única voz, la humildad necesaria que te permite
renunciar a tu individualidad para que brille el colectivo. Si además podía
compartir todo esto con el amor de mi vida, que me ha acompañado siempre también
en mi camino musical y me animó desde el principio a embarcarme en un proyecto
que yo veía por encima de mis posibilidades, que más se puede pedir. Doy
gracias a los dioses de la música por escuchar mis oraciones para que todo
fuera perfecto y no defraudara la confianza depositada en mí.
No
es la primera vez que me emociono en un escenario interpretando música, pero
hasta ahora la emoción siempre estaba relacionada con factores externos; la
respuesta emotiva del público, la despedida musical a amigos que se fueron, el
carácter especial del auditorio. Pero con La
Profetisa ha sido algo distinto, desde los primeros ensayos, las
sensaciones eran increíbles, se palpaba que nos encontrábamos ante algo muy
grande, por el grupo humano y por la inmensa belleza de la obra de Henry
Purcell. Llegó el concierto, y esta vez la emoción tuvo que ver con la propia
música que estábamos interpretando, con la armonía celestial de la que
formábamos parte en cuerpo y espíritu, con la comunión entre los intérpretes y
la exquisita conexión con el director, alma, motor y timonel de la nave. Y el
milagro se hizo música.
Let all mankind the pleasure share, and bless this happy day!
¡Que toda la humanidad comparta el placer y bendiga este día feliz!