Abres los ojos. A tu alrededor una habitación con unas paredes que no puedes ver. Sobre tu cabeza una bombilla desnuda que cuelga de algún lugar que está oculto entre sombras infinitas. Estás sentado en el centro del lugar. Tu mente, tranquila y apaciguada empieza a llevarte hasta los rincones más increíbles de un mundo donde nadie más puede entrar, un mundo tuyo donde no importa nada de lo que pase fuera de tu cabeza.
Una voz te despierta de tu letargo. Un tenue foco se enciende lejos, enfrente de ti. Ves la cara de tu madre que te dice que te mira, te observa. Se van sumando voces. Padres, hermanos, parientes, amigos, conocidos… se van encendiendo pequeñas bombillas y cada vez hay más y más gente. Te das cuenta de que estás en un pequeño habitáculo de cristal. Te empiezas a poner nervioso, te ves a ti mismo incapaz de volver a tu sueño y empiezas a sudar. Tratas de escapar de esa pesadilla, pero las intrigadas miradas de los observadores te han petrificado, no puedes moverte, no puedes soñar…
Bajo tus pies el suelo cambia. Estás de pie sobre un escenario. La madera cruje bajo tus pies. Te ves delante de tus compañeros que han venido a verte, amigos, familiares, conocidos… Ves sus caras interrogantes en el patio de butacas, están esperando que interpretes tu frase o tu papel, pero tu te das cuenta de que no puedes, tu mente está en blanco y no puedes reaccionar. El sudor y el maquillaje de la cara se convierten en una molestia insoportable, te pica todo, los focos te ciegan la vista.
Todo vuelve a cambiar. Se abre una pista de baloncesto a tus pies. Tienes un balón en las manos y miras las abarrotadas gradas mirando como vas a hacer las cosas. Todo empieza a salirte mal, empiezas a dudar de ti mismo y la frustración te hace emprenderla contra tus propios compañeros. Empiezas a sentirte inútil, se te hace un nudo en el estómago que te impide respirar. Miras al banquillo y pides cambio. Te sientas en un rincón abatido por la humillación a la que acabas de entregar el control sobre ti mismo. Cierras los ojos.
El griterío se calla por momentos. Vuelves a estar en la oscura habitación con paredes de cristal. Estas sentado en una esquina acurrucado y sudando. Las caras han desaparecido, tu mente se relaja, la presión desaparece y poco a poco vas entrando en un mundo que tu controlas y del que tu tienes el mando.
Te encuentras a ti mismo de nuevo sobre aquel escenario. El vacío patio de butacas aplaude la gran actuación que acabas de hacer.
El balón acaba de entrar por el aro al mismo tiempo que sonaba la bocina. El grito de júbilo del desierto graderío se suma al eco de la bocina que vuelve de las desnudas paredes. Tu mismo te das cuenta de tu victoria.
Un flash de luz.
Tus compañeros se abrazan a ti sobre el escenario mientras miles de caras sonrientes aplauden levantadas de sus asientos.
Otro flash.
El grito de alegría de tus compañeros de equipo cuando anotas el triple que os daba la victoria.
Otro flash.
Las gradas, ahora abarrotadas de gente, coreando a grito pelado tu nombre, gente que siempre ha estado allí, apoyándote, tanto en las victorias como en las derrotas, aunque tu cabeza te engañara y te dijera que allí no había nadie.
El ruido estruendoso de cristales rotos te devuelve a la realidad. Tu pequeña prisión de cristal se ha roto y las cadenas invisibles que te ataban han desaparecido. Has vencido la batalla más difícil a la que jamás te enfrentarás. Tu miedo ha sido derrotado con el arma más simple que uno podría imaginar. La imaginación ha liderado tu guerra contra ti mismo, una guerra que se tenía que librar, una guerra de la que solo hay un vencedor válido, una guerra que sirve para toda la vida y que te abre los ojos a un mundo más allá de tu propio mundo donde dejas al lado todo miedo y vives en el lugar que te corresponde.
