Como dijo el poeta Khalil Gibran: “Vuestros hijos no son vuestros hijos. Son los hijos y las hijas del ansia de la Vida por si misma. Vienen a través vuestro, pero no son vuestros. Y aunque vivan con vosotros, no os pertenecen. Podéis darles vuestro amor, pero no vuestros pensamientos, porque ellos tienen sus propios pensamientos. Podéis abrigar sus cuerpos, pero no sus almas, pues sus almas habitan en la mansión del mañana, que vosotros no podéis visitar, ni siquiera en sueños. Podéis esforzaros en ser como ellos, pero no intentéis hacerlos a ellos como a vosotros. Ya que la vida no retrocede, ni se detiene en el ayer".
Cuando tus hijos son pequeños, vuestros caminos son casi siempre coincidentes o como mucho paralelos, pero el tiempo pasa deprisa y cuando menos te lo esperas, te encuentras a las puertas del laberinto de los caminos divergentes.
Cada decisión que tomamos, cada opción que elegimos supone tomar una dirección en ese laberinto en el que se abren infinitas posibilidades nuevas y algunas de esas decisiones no tienen vuelta atrás.
A partir de ese momento sólo puedes confiar en la voluntad de coincidir, en el deseo compartido de seguir recorriendo juntos partes de ese camino y esperar que, al igual que ellos se han podido enriquecer de tus experiencias anteriores a su propio trayecto vital, tu puedas hacer lo mismo con su nueva vida independiente y única.
Resulta duro, pero es la vida y así debe ser. Siempre con la confianza de que los lazos que has creado con ellos y alimentado cada día de vuestra vida en común sean lo suficientemente fuertes para no romperse nunca, por intrincado que sea el laberinto y por muchos obstáculos que se presenten para dificultar la coincidencia en el tiempo y en el espacio, siempre con la esperanza de que el amor mutuo perdure toda la vida.
Si realmente nuestro destino está escrito, espero que el autor nos guarde todavía muchos capítulos y aventuras a todos juntos. Si no es así, en nuestras manos está reescribir la historia.