26 de marzo de 2014

Adolfo y Alberto


En estos últimos días, los medios de comunicación se han volcado con la despedida del primer presidente de la democracia, Adolfo Suárez, que ha dejado una profunda huella en la memoria de todos, curiosamente después de sufrir el mismo en su memoria los terribles estragos del Alzheimer. Y no he podido evitar rememorar otros días de marzo como estos, otras horas de angustia esperando un desenlace como este, otra despedida de un ser especial, de una persona también alejada de los focos y de la vida pública en los últimos años de su vida por una enfermedad igual de devastadora, Alberto Turmo, mi padre. Desde el mismo instante en el que sus vidas conectaron en algún lugar de mi cabeza, no he dejado de encontrar semejanzas entre sus trayectorias y, sobre todo, en la impronta que han dejado en las personas que tuvieron el privilegio de conocerlos. Alberto era un hombre religioso, como Adolfo, y ambos compartían una vocación cristiana de servicio a los demás, pero a la vez entroncada con una visión moderna, alejada del púlpito y la sotana, del cilicio y la santa inquisición, una concepción ecuménica y un espíritu casi misionero. Adolfo, contra todo pronóstico, dirigió el país hacia la democracia y lo llevó de su mano hacia la modernidad, Alberto dirigió una pequeña emisora de radio local, convirtiéndola en un referente de servicio público a toda una provincia y creando un concepto que ya ha quedado en la mente de todos, el Altoaragón, todo ello desde una idea de libertad e independencia absolutas y, en cierta medida, revolucionarias. Creo que llegaron a coincidir una vez, cuando Adolfo Suárez era director de Televisión Española y Alberto acudía a reuniones de la Cadena Ser en Madrid. Pero realmente lo que más me llama la atención de esta conexión es que en sus últimos momentos ambos tuvieron el reconocimiento y el afecto de mucha gente que hasta entonces estaba en la sombra o simplemente no había tenido ocasión de demostrarles ese inmenso cariño y gratitud. Es verdad que el tiempo hace resaltar las virtudes y difumina los defectos, pero mi ideal siempre ha sido y es parecerme en todo lo que pueda a Alberto, ojalá todos los políticos que padecemos intentasen, aunque fuera por un momento, parecerse a Adolfo. O a Alberto.