En
estos últimos días, los medios de comunicación se han volcado con la despedida
del primer presidente de la democracia, Adolfo Suárez, que ha dejado una
profunda huella en la memoria de todos, curiosamente después de sufrir el mismo
en su memoria los terribles estragos del Alzheimer. Y no he podido evitar
rememorar otros días de marzo como estos, otras horas de angustia esperando un
desenlace como este, otra despedida de un ser especial, de una persona también
alejada de los focos y de la vida pública en los últimos años de su vida por
una enfermedad igual de devastadora, Alberto Turmo, mi padre. Desde el mismo
instante en el que sus vidas conectaron en algún lugar de mi cabeza, no he
dejado de encontrar semejanzas entre sus trayectorias y, sobre todo, en la
impronta que han dejado en las personas que tuvieron el privilegio de
conocerlos. Alberto era un hombre religioso, como Adolfo, y ambos compartían
una vocación cristiana de servicio a los demás, pero a la vez entroncada con
una visión moderna, alejada del púlpito y la sotana, del cilicio y la santa
inquisición, una concepción ecuménica y un espíritu casi misionero. Adolfo,
contra todo pronóstico, dirigió el país hacia la democracia y lo llevó de su
mano hacia la modernidad, Alberto dirigió una pequeña emisora de radio local,
convirtiéndola en un referente de servicio público a toda una provincia y
creando un concepto que ya ha quedado en la mente de todos, el Altoaragón, todo
ello desde una idea de libertad e independencia absolutas y, en cierta medida,
revolucionarias. Creo que llegaron a coincidir una vez, cuando Adolfo Suárez
era director de Televisión Española y Alberto acudía a reuniones de la Cadena
Ser en Madrid. Pero realmente lo que más me llama la atención de esta conexión
es que en sus últimos momentos ambos tuvieron el reconocimiento y el afecto de
mucha gente que hasta entonces estaba en la sombra o simplemente no había
tenido ocasión de demostrarles ese inmenso cariño y gratitud. Es verdad que el
tiempo hace resaltar las virtudes y difumina los defectos, pero mi ideal
siempre ha sido y es parecerme en todo lo que pueda a Alberto, ojalá todos los
políticos que padecemos intentasen, aunque fuera por un momento, parecerse a
Adolfo. O a Alberto.
26 de marzo de 2014
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