1 de septiembre de 2010

El Cielo de los Gatos

Nunca hasta hoy me había planteado cómo será el cielo de los gatos. Y eso que no es la primera vez que me toca despedirme de uno de esos seres tan especiales. Cierto que aquella vez vino sin avisar, como un mal sueño del que te despiertas sin saber si es real. Fue un aterrizaje forzoso sin timón que acabó fatal porque Chana, intrépida funambulista pero a la vez inocentemente torpe, se dio de bruces con su destino en contra de su propia condición felina y gastando, la pobrecita, sólo una de sus siete vidas.
Esta vez ha sido distinto. Mila se nos ha ido después de más de quince años a nuestro lado. Se ha ido despacito, sin hacer ruido, exprimiendo hasta el último instante su inapreciable compañía, su cariño inmenso. Dicen que los gatos son muy independientes, y es verdad, pero por eso mismo esos arrumacos, ese pateo rítmico sobre tu tripa y ese ronroneo agradecido, acurrucados en tu regazo, son regalos cotidianos que sólo eres capaz de apreciar si has tenido la fortuna de vivirlos. Ahora Mila ya está ocupando su lugar en las estrellas y me imagino cómo será su cielo –la mejor y más bondadosa de las gatas de la historia felina y humana no podría tener otro destino–.
Déjame ver. Alrededor del recinto una gran variedad de postes de cuerda, troncos, sillones, cortinas, visillos, colchones y muebles en general para estirarse las uñas. En un lateral, mil y un comederos con mil y una variedades de piensos, tarrinas, latitas y chucherías varías (ya sabemos lo especiales que son y que es más difícil encontrar la combinación correcta que en la bonoloto), sin olvidarnos de agua fresquita y limpia a discreción.
En la parte central, tumbonas giratorias con montura ecuatorial, como los telescopios, para poder tumbarse al sol desde el amanecer hasta el atardecer, y si en el cielo hay invierno, buenos radiadores con mantitas polares a su vera. Alrededor de las tumbonas, un intrincado circuito de saltos y habilidades para mantenerse en forma y muchas pelotitas de cascabel, algunas colgando de hilos de distintas alturas, para que jueguen los cachorritos.
Y en la cima, tu precioso pelaje gris ondeando a la brisa de la mañana y tus profundos ojos azules escudriñando la vida a tu alredededor sobre el fondo de una sinfonía eterna de ronroneos acompasados.

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