2 de diciembre de 2009

Eppur si Muove (Hecho totalmente Ficticio)

Aquella mañana amaneció soleado en las hermosas calles de Roma, el sol se elevaba por encima de la cúpula de San Pedro mientras Carlo y yo caminábamos por la ribera del Tíber. Llevábamos años preparando el golpe, planificando cada segundo de la operación, cada pequeño detalle. La vía del Corso estaba abarrotada de turistas que iban de compras. Conforme más nos alejábamos de nuestro objetivo más ganas tenía de que fuera de noche para entrar en acción.

Dos años atrás, un coleccionista americano muy ambicioso nos encargó el reto más difícil de nuestra vida, el Sidereus Nuncius de Galileo. Tras haber trabajado en el Louvre, en el Prado y dos veces en los museos Capitolinos, se nos presentaba una oportunidad de demostrar nuestra valía robando en los Museos Vaticanos, la hazaña más grande para un ladrón de guante blanco.

La mañana se hizo tarde, y la tarde noche. Nos encontrábamos ya en la plaza de San Pedro. Sentados al pie del obelisco admirando la grandiosa cúpula de Miguel Ángel, custodiada por los doce apóstoles y Jesucristo.

La hora llegó. Controlábamos toda la red de seguridad del museo desde hacía cuatro meses, cuando habíamos entrado a formar parte del cuerpo de guardas de seguridad del Vaticano. Entrábamos de turno a medianoche. Los ecos de las campanas de la basílica resonaron en los cielos de la ciudad eterna como un trueno en mitad de la noche. Un mal presagio.

Pasamos nuestra primera hora de turno viendo la pequeña televisión del cuarto de la guardia, y llegó el momento de hacer la ronda. Cogí la mochila con la réplica exacta del Sidereus Nuncius que nos proporcionó el americano.

Empezamos a caminar por los largos y silenciosos pasillos del museo, admirando las hermosas pinturas de Rafael mientras nos dirigíamos a nuestro destino.

Allí estaba, en su vitrina de cristal recién pulido. Pero cuando fuimos a cogerlo… Nuestros ojos no daban crédito a lo que veían, las manos de Carlo habían atravesado completamente la vitrina de lado a lado sin haber tocado absolutamente nada. Probé yo y ocurrió exactamente lo mismo. No sabía lo que estaba pasando. Fui a la gran vidriera de al lado para descubrir que mi mano la había traspasado sin romper absolutamente nada. Salimos corriendo hacia la puerta, la pared se interpuso en nuestro camino, pero la atravesé limpiamente.

De pronto, sonó la alarma. Nos habían descubierto. Estábamos perdidos.

Todo cambió de repente, volvíamos a estar en el cuarto de la guardia, sonaba la alarma de robo, miramos a los monitores. Un ladrón corría ahora por las estancias de Rafael con una mochila al hombro. Salimos corriendo a su encuentro. Dimos con él cuando ya se escapaba por el conducto de ventilación.

Tras su arresto y posterior interrogatorio en el que explicó cómo había hecho para entrar y robar el Sidereus Nuncius de Galileo, fue conducido al cuartel general de los Carabinieri en la zona.

Fuimos llamados al despacho del jefe de la Guardia Suiza que nos pidió explicaciones de por qué no habíamos impedido la intrusión, de por qué no estábamos donde nos correspondía.

Tras contarle lo ocurrido se echó a reír, pero pronto cesó la risa y se tornó en una mueca de enfado. Puso el Sidereus Nuncius sobre la mesa y antes de explicarnos lo que había ocurrido nos preguntó si sabíamos lo que hubiese ocurrido si no hubiésemos llegado a tiempo. Tras contestarle que sí, el procedió a su relato.

“Ocurrió tras el intento de robo del códice de Leonardo hace casi dos meses. No podíamos fiarnos de los guardas de seguridad, así que instalamos un programa informático de realidad virtual. Es un sistema que emite unas ondas de radiación a tu cerebro para que creas que estás haciendo algo que en realidad no estás haciendo. ¿Lo ven? –nos enseñó una imagen en la que nosotros estábamos deambulando por una sala totalmente vacía con la linterna encendida- nuestras cámaras silenciosas les han estado filmando todo el rato y como han visto no se han movido ni un centímetro fuera del vestíbulo hasta que ha sonado la alarma de robo. El único acceso que hay al verdadero museo por la noche es un código de seguridad que solo poseemos Su Santidad y yo, y, por lo que se ve, algún hacker que se enterara de la instalación de este sistema que, por supuesto, fue secreto al cien por cien.”

Yo me levanté muy alterado, empecé a gritar y a jurar en hebreo, hasta el punto de saltar encima del jefe y agarrarle bruscamente de la camisa. El rió, dijo que era normal que me pusiera así, que había sido engañado vilmente y que Dios me concedía el derecho a estar muy enfadado. Aquella frase aún me alteró más, porque, aunque había jurado proteger las posesiones y creencias de la Iglesia de Roma, yo siempre fui ateo.

Esa noche acabó con nuestro despido.

Yo estaba hecho polvo. Dos años invertidos en ese trabajo se fueron al traste dos meses antes de que nosotros nos diésemos cuenta de ello. Carlo, en cambio, iba sonriente con la mochila al hombro, como si no hubiese pasado absolutamente nada.

Llegamos a nuestro piso a las afueras de la ciudad antigua. Me dejé caer sobre la cama. El aparato de música empezó a sonar. Carlo bailaba al son de Frank Sinatra. Cuando por fin me decidí a preguntarle por qué estaba tan contento el me contestó lo que ni siquiera me hubiera imaginado.

“Durante tu arrebato de locura, aproveché la confusión y di el cambiazo entre el Sidereus Nuncius original y nuestra réplica”

No creía lo que oía. A la mañana siguiente cogimos un vuelo a Nueva York y recogimos nuestra recompensa por el robo que más esfuerzos y disgustos nos había causado.

Han pasado diez meses de lo ocurrido. Está amaneciendo en la ciudad eterna. El sol asciende por encima de la cúpula de San Pedro mientras Carlo y yo caminamos junto al Tíber.

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