8 de noviembre de 2008

La víspera de los Reyes

Aunque la ilusión de los niños por ver la cabalgata de los Reyes Magos no ha cambiado con el transcurso de los años, no todas las generaciones pueden compartir lo que sentíamos los privilegiados niños de los años setenta y ochenta delante del transistor de la cocina. La víspera de los Reyes Magos empezaba a la hora de comer del 5 de enero, día en que hacías de tripas corazón para terminar el plato con rapidez, pues quedaba poco tiempo para que Sus Majestades los Reyes Magos de Oriente entraran a España por el puerto de Somport. Ese momento era retransmitido por Radio Huesca como toda noticia importante que ocurría en el Altoaragón, y llenaba de ilusión los hogares oscenses.
Recuerdo la tensión de estar subida a una silla de la cocina para escuchar mejor la radio, ubicada en lo alto de un estante al que yo, tan chiquitina, no tenía acceso. Estaba cerca de la cocinilla económica, esa fantástica cocina de carbón y leña que daba calor a la cocina y poco más. A pesar de la proximidad de la fuente de calor los nervios te dejaban las manos heladas. La voz de Luis Garcés, en conexión desde Canfranc, te transmitía la majestuosidad de los tres Sabios de Oriente y te transportaba a aquella mágica noche en Belén.
Todo evocaba a un sueño en el que la voz del locutor eran tus ojos, tus oídos y tu corazón. No podías respirar más deprisa de lo que lo hacías, tus ojos se humedecían, nunca habías estado tan callada y atenta. Llevarte hasta ese estado de euforia sólo podía conseguirlo alguien que tuviera la misma ilusión que tú por la llegada de los Reyes, y que además tuviera, en el don de la palabra, la posibilidad de hacerte compartir ese momento en el espacio y en el tiempo a través de las ondas de radio. La tarde se completaba acudiendo a ver a los Reyes a la cabalgata, no sin antes pasar por calzados Risu a por tu globo bien hinchado y atado a su palito.
Cuando por fin veías a los Reyes pasar ante ti, entumecida por el frío, en brazos de algún familiar, que en mi caso solía ser mi tío, y renovabas las promesas que cada año hacíamos en la plaza “Zaragoza”, todo era más impersonal, más compartido. Rara vez los Reyes te veían o te saludaban a ti, por mucho que gritaras sus nombres. No era tan íntimo como podía ser el momento en que oías los cascos de los caballos por la radio, cuando Luis nombraba de uno en uno a los Reyes conforme entraban por Canfranc, porque en ese momento te lo estaba contando a ti, sólo a ti y eso es algo que no se olvida.
Desde la desaparición de Luis Garcés el espacio para los niños fue haciéndose cada vez menor hasta quedar en el olvido, lo que no dice mucho de la radio actual que se dejó vencer por la televisión en lo que respecta a los más pequeños. La radio te permitía recrear lo que escuchabas, que nadie interfiriese en tu pensamiento, era un espacio acotado entre el locutor y tú, era un espacio para imaginar.
Siempre recordaré la VOZ de los Reyes Magos.

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