15 de julio de 2015

Inside The Prophetess

Del trovar y de los afectos
     No recuerdo exactamente cuando empezó mi pasión por la música, pero sí que recuerdo con claridad la sensación que tuve la primera vez que canté a dos voces. Yo rondaría los 14 años y en aquella época solía cantar con mi hermana un poco mayor que yo, mientras me acompañaba con unos torpes primeros acordes en la guitarra. Fue como descubrir un mundo nuevo, sentir como algo en tu interior se sincronizaba a la perfección con otro ser humano para producir música. Años después me enteré de que eso se llamaba polifonía y tardaría aún más en descubrir lo que suponía cantar a tres voces, luego a cuatro, con acompañamiento de piano y finalmente de orquesta. En todo ese proceso, lo que más me ha impresionado siempre es la capacidad del ser humano para crear música sublime con la sola ayuda de sus cuerdas vocales en armonía común y, claro está, de la inspiración de los compositores. No es que desprecie a los instrumentistas, al contrario, mi admiración por ellos es inmensa, no sólo por el esfuerzo y los años de trabajo que suponen el dominio de cualquier instrumento, sino por su capacidad de desnudar su alma a través de ese arco, esa boquilla o esos dedos que dan vida a una serie de garabatos ordenados en un papel y traducen de nuevo en música los sentimientos que antaño inspiraron al trovador que la compuso. También de mi corta etapa como instrumentista recuerdo especialmente la participación en conjuntos orquestales o de cámara como los momentos de mayor disfrute, muy por encima de lo que representaba la interpretación individual. Pero ese tren pasó de largo para mí hace tiempo y es mejor centrarte en lo que tienes y no lamentarte por las oportunidades perdidas. Mi único instrumento musical es mi voz.
     Más de 20 años de canto coral, siempre en el campo amateur, han mantenido muy viva la llama y más o menos en forma mis músculos vocales, aunque el tiempo va pasando factura y las tesituras antes cómodas empiezan a resultar más incómodas, seguramente por falta de una formación técnica adecuada. Lo que nunca he perdido es la afición y el gusto por cantar, a pesar de que los proyectos musicales ilusionantes no abundan y se combinan con actividades más rutinarias. Entonces llegó ella, La Profetisa, e inesperadamente se iba a convertir en la experiencia más mágica de mi vida como cantante. A los Trovadores que pensaron en mi para unirme a su proyecto, les deberé agradecimiento eterno, serán por siempre objeto de mis Afectos. Al principio no entendí por qué un grupo de músicos profesionales extraordinarios ponían su confianza en un mero aficionado como yo, ni sabía qué podía aportar a un conjunto de talentos como ese. Con el tiempo, además de disfrutar al máximo la experiencia, creo haber entendido la ecuación. Lo que seguramente vieron en mí fue la pasión, la capacidad de mimetizar mi voz con la de los demás para conformar una única voz, la humildad necesaria que te permite renunciar a tu individualidad para que brille el colectivo. Si además podía compartir todo esto con el amor de mi vida, que me ha acompañado siempre también en mi camino musical y me animó desde el principio a embarcarme en un proyecto que yo veía por encima de mis posibilidades, que más se puede pedir. Doy gracias a los dioses de la música por escuchar mis oraciones para que todo fuera perfecto y no defraudara la confianza depositada en mí.
     No es la primera vez que me emociono en un escenario interpretando música, pero hasta ahora la emoción siempre estaba relacionada con factores externos; la respuesta emotiva del público, la despedida musical a amigos que se fueron, el carácter especial del auditorio. Pero con La Profetisa ha sido algo distinto, desde los primeros ensayos, las sensaciones eran increíbles, se palpaba que nos encontrábamos ante algo muy grande, por el grupo humano y por la inmensa belleza de la obra de Henry Purcell. Llegó el concierto, y esta vez la emoción tuvo que ver con la propia música que estábamos interpretando, con la armonía celestial de la que formábamos parte en cuerpo y espíritu, con la comunión entre los intérpretes y la exquisita conexión con el director, alma, motor y timonel de la nave. Y el milagro se hizo música.

Let all mankind the pleasure share, and bless this happy day!

¡Que toda la humanidad comparta el placer y bendiga este día feliz!

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